miércoles, 17 de noviembre de 2010

PENSAMIENTO DOMINGUERO

Sí: Tal vez estaba deprimido. Veía con cierta envidia al perro de su hermano, que no tenía reparos en mendigar desvergonzadamente el afecto que necesitaba. Si él pudiera hacer eso, ir de mano en mano, insistir de persona en persona, tal vez encontraría a alguien que lo tratara con ternura. Como una madre, sin ser su madre. Mierda. De verdad se sentía solo.

Le dolía un poco el cuello; no sabía por qué. Tenía ganas de ir al cine. Pero qué hueva. ¿A quién llamar? No es que le faltaran amigos. No dudaba del amor genuino que mucha gente sentía hacia él. Incluso, de un tiempo para acá, no dudaba que la cuestionable imagen que todavía veía en el espejo podía despertar la lujuria de más de algun caminante de este mundo que, en esta tarde somnolienta de domingo, le resultaba por demás pesado.

Pero nada de eso es lo que quería. ¿Y qué putas quería? Era extraño, no podía describirlo con palabras, pero la necesidad era tan fuerte, tan inconfundible. La carencia era cada vez más grande, el vacío cada vez más negro. Y su vida, sin embargo, parecía digna de envidia. Se sentía mal por quejarse. ¿Era feliz? Sabía que debía serlo...pero eso no era un sí.

En fin, mejor dormir para no pensar. Total, una siesta en domingo por la tarde es lo más normal del mundo. Lo triste es que se durmió para poder soñar con abrazar a alguien que le abrazara de vuelta. Por muchas semanas esa idea había sido la única que le provocaba una erección.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

ESA OSCURA CAJITA DE PLACER


Justo a las diez cuarenta y cinco del lunes, la amargura y el mal humor de tener que estar limpiando debajo de las camas sin que nadie jamás le dijera gracias – o lo notara siquiera – se transformó en horror al descubrir una caja de zapatos extrañamente colocada debajo de la cama de José Manuel, su hijo de dieciséis años. La misteriosa caja no estaba allí el mes pasado, cuando había dado el último pasón de aspiradora debajo de las camas de los patojos. Cada mes doña Gabriela hacía el sobrehumano esfuerzo de hacer limpieza en todos los lugares en que a Victorina, la empleada de tres veces por semana, nunca se le ocurría, ni por milagro, que pudiera haber mugre.

El corazón se le salía del pecho y le apretujaba la garganta mientras, agachada en su falda y sus tacones de cinco pulgadas, estiraba el brazo para sacarla de ahí. Ya sentada en la cama de José Manuel y sudando por los nervios, con la caja en el regazo, se preguntaba a sí misma cuál era la mejor forma de proceder. En general, era una esposa y madre moderna, completa partidaria de respetar la privacidad de su marido y sus hijos. Normalmente, nunca se le habría ocurrido entrar al cuarto de los patojos para espulgar en qué andaban. El descubrimiento de la caja había sido completa casualidad. Varios pensamientos ordenados le cruzaban por la mente. No debo abrirla, debo respetar. Pero…¿y si son drogas? ¿Y si mi José Manuel está fumando marihuana o metiéndose mierdas? Mi gordo siempre ha sido curioso y atrevido. Con lágrimas en los ojos se reprochaba que, con la excusa de respetar los procesos naturales de la adolescencia del segundo de sus tres hijos, había estado mucho menos comprometida con sus obligaciones como mamá responsable.

Abrió la caja, convencida de su derecho de hacerlo. El miedo a la noción de las drogas se convirtió en un miedo diferente cuando descubrió el contenido de la caja: tres DVDs cuyos títulos sugerían una posibilidad que nunca se le había cruzado por la cabeza. Bajito, muy bajito, tal vez porque no quería ni oírlo ella misma, dijo ¡Santo Dios! Mi gordo es maricón.

Inmediatamente se paró y, con una patada, regresó la caja al lugar donde la había encontrado. Cerró la puerta y, jadeando, se fue corriendo a la cocina. Tal vez porque la negación es muy poderosa o porque casi cuatro meses sin sexo lo son más, la tristeza y la vergüenza de tener un hijo maricón fueron sustituidos – al menos de momento – por la deliciosa humedad que le trajeron las imágenes que había alcanzado a ver en las portadas de las películas: hombres guapísimos (italianos, parecían…y cuánto le gustaban los italianos…), musculosos, velludos algunos, con un trozo que se prometía descomunal. Mi hijo viendo hombres y yo con un marido que no me toca ni por chingar, pensó.

Trató de seguir limpiando sin pensar mucho en que su hijo, seguro, se tocaba viendo a otros hombres que deberían ser para ella, no para él. Pero la idea de ver a esos tipos grandes, lujuriosos, llenos de deseo sexual – tan distintos de su marido – le causaba prurito en los muslos y cosquilleo en los senos. No la dejaba limpiar en paz. A las doce del mediodía no pudo más. Ya era hora de cocinar pero no importaba. Más tarde pediría Pollo Campero para toda la familia. De momento, prefirió violar la intimidad de su hijo para saciar la suya propia, tan carente hasta ese momento de atención. Con la misma prisa que un adolescente, insertó una de las películas en el aparato y disfrutó quince minutos de tratar a su cuerpo cual parque de diversiones, viendo hombres como los que siempre deseó pero nunca tuvo. Sólo quince minutos duró en esas, porque la explosión de placer que para ese entonces ya casi no recordaba, llegó en apenas ese lapso de tiempo.

Mientras ponía la caja otra vez en su lugar, sonriendo de tener tan útil herramienta a la mano – herramienta toda llena de carne masculina; toda vacía de otras mujeres y carente de la panza y los pedos del marido – agradeció a José Manuel por su cajita de placer, que ahora sería el secreto de ambos. Después de todo, no tenía nada de malo tener un hijo con quién salir a comprar zapatos.

miércoles, 27 de octubre de 2010

TU CARCEL (DE BOLSOS Y OTROS ARTICULOS DE PRIMERA NECESIDAD)

Abre su bolso nuevo - grande, carísimo y morado que combina perfectamente con sus zapatos carísimos y morados - y saca las pastillas que le quitan el dolor de cabeza provocado por el dolor de estómago que le causan las pastillas para adelgazar. Odia el malestar físico y el humor cambiante que le da su coctel matutino de pastillas, una para cada cosa que no le gusta de sí misma. Pero ni modo: prioridades son prioridades. Tiene veintisiete años, pelo perfecto (además de perfectamente teñido) y una cara hermosa de ojos miel que, si se presta atención, detrás del aparente exceso de seguridad, brillan por el acumulamiento de lágrimas de tristeza reprimida, atrapadas todas, quizá, en el nudo en la garganta con que se acostumbró a vivir. No durmió bien anoche. Era miércoles, o sea día de salir al lugar donde se debe ir los miércoles, si no a pescar marido - eso está resultando difícil - al menos a que la gente que importa la vea sonreír sin que parezca trágico no tener marido. Regresó casi a las cuatro con su teoría confirmada de que odia a las mujeres, de que es imposible llevarse bien con una, porque todas le tienen envidia (o despiertan su envidia, aunque esta noción se queda convenientemente escondida bajo la alfombra de sus ideas).

Abre otra vez su bolso y saca los cigarros. Le da un poco de asco fumar por la mañana, pero igual siente el impulso de hacerlo. Anoche fumó y bebió demasiado mientras su mejor amigo – que lo es prácticamente por default – se encerró casi una hora con otro chavo en el baño del lugar de los miércoles. Mientras tanto, sola, trató de charlar y sonreír frente a frente con casi todos, sin que alguien le pidiera el teléfono. Fumando, le da un poco de asco lo que hizo su amigo. Lo hace casi siempre que sale. Ella sólo ha tenido sexo con dos hombres y nunca ha hecho el amor con ninguno. Uno fue su ex novio, con quien lo único que disfrutaba al abrir las piernas era la idea de un futuro seguro. El otro, su amante casado, con quien disfrutaba, al menos, la sensación de lo prohibido. Originalmente el novio perdonó su indiscreción de algunos meses con el casado. Luego, alentado por la esposa del ex amante, reconsideró su postura y decidió oficialmente ser su ex. Así que pasó, como todos los hombres de su vida, a la lista de exes: ex papá, ex novio, ex amante...Futuro ex amigo.

Abre su bolso y saca el espejo. Se retoca el maquillaje. Se ve a sí misma verdaderamente horrible. Todo está gordo: los cachetes, la nariz, la papada. En el pequeño espejo no se ven sus brazos ni sus piernas ni su barriga, pero igual siente la asquerosa gordura apretarse contra su pantalón talla cuatro. Aparentemente de nada han servido las tres liposucciones ni las dos puestas de Botox. Aunque claro, sin ellas todavía sería la gorda solitaria de la secundaria. Ahora es la solitaria que se siente gorda. Se mira en el espejo y no encuentra nada. Ni lo que fue, ni lo que es, ni lo que quiere ser. Le da escalofrío una inexplicable sensación de encierro. No se da cuenta de que el bolso y las pastillas y los cigarros y el amigo gay y el espejo y el marido que no llega y el maquillaje y las lipos y la mensualidad del carro son una cárcel que cada día la vuelve más infeliz. Cadena perpetua, seguramente.

miércoles, 20 de octubre de 2010

OH, YES, I’M A GREAT PRETENDER


Tres y media de la mañana. Su amorcito acaba de llamarle, muy cariñoso (y todavía más borracho), diciéndole que le quiere mucho y que en un rato llega a casa, que está con sus amigos pasándola muy bien y recordándole a cada momento; le dice que quisiera que estuvieran juntos. Mientras se asoma a la ventana a ver si viene algún carro, pasa frente al espejo grande de la sala; no puede evitar quedarse viendo su propia imagen. ¡Ala gran puta, cómo me he engordado!, dice otra vez. Lo ha dicho varias veces ese día, tratando de aceptarlo y restarle importancia, pese a la cara de aflicción que precede siempre a un suspiro. Cuatro menos cinco. Vueltas en la cama. Aunque se quedó en casa por voluntad propia para dormir a gusto – su amorcito sí le había invitado a salir con sus amigos – no ha logrado dormir casi nada. El miedo de siempre. Lo imagina haciéndole ojitos a alguien, esos ojitos de borrachito coqueto que le parecen tan adorables cuando no son para alguien más. Cuatro y media de la mañana. Trata de dominar la ansiedad. Si me quedé aquí, fue para estar en soledad, para poder descansar, porque le tengo confianza. Porque le tengo confianza... Tengo que aprender a tenerle confianza. Ya me pidió perdón. Lo imagina susurrándole a alguien al oído “me gustás mucho, vamos al baño”. Cinco menos cuarto. Le gana la ansiedad. Marca su número. Suena. Sí hay señal. Su amorcito no contesta. Tal vez no escuchó. No pasa nada. Le tengo confianza. Cinco y veinte. Abre los ojos. Durmió al menos un ratito. Respira profundo. Cinco y media. Le palpita fuerte el corazón. Vuelve a marcar el número de su amorcito. ¿Aló? “Hola, mi amor lindo”, dice su amorcito, en una voz de borracho tan borracho que casi no se entiende. ¿Dónde estás? “Pasé comiendo pizza con la mara, ya voy para allá, amor. Te quiero mucho, ¿oíste?”. Se vuelve a acostar. Trata de dormir. Ya viene para acá, gracias a Dios. Vueltas en la cama. Se levanta al oír un carro. No era el nuestro. Qué raro, dijo que ya no tardaba. Seis y cuarto. Su amorcito no llega todavía. Qué desconsiderado. Reprime lágrimas de rabia y preocupación. Sonaba muy bolo. ¿Y si se fue a hacer mierda? ¿Lo llamo otra vez? Mejor no, se puede enojar. Lo van a chingar sus amigos, van a pensar que soy psycho. Ya no debe tardar. Vueltas en la cama. Va al baño. Se sienta casi 20 minutos en el inodoro sin que salga nada. Regresa al cuarto y se acuesta. Vueltas en la cama. Lo imagina gimiendo, besando a alguien más. Vueltas en la cama. Oye pasar otro carro. No, no es él. Reza una oración rápida porque no le haya pasado nada. Trata de no pensar que la semana pasada le encontró un mensaje sospechoso en el celular. Le duele. Trata de no llorar. Se avergüenza nuevamente de haberle revisado el celular; nunca lo había hecho. Lo imagina gimiendo de placer. Siete y cuarto. Lo oye parquearse. Pretende estar durmiendo. Lo oye entrar directo al baño, desvestirse, lavarse. Se tarda en lavarse. Lo siente acercarse a la cama, acostarse lejos, viendo para el otro lado. Siente el olor a guaro. Pretende no sentir que también hay olor a saliva y a culo. Se levanta al baño. Somata la puerta. Llora en silencio. El borracho ni siquiera vio el papelito sobre su almohada que decía TE AMO con marcador azul fluorescente. O lo vio y no le importó. Sale del baño. “¡Dejá de hacer bulla!”, grita el borracho. Toma la llave del carro, sale al parqueo; abre la puerta. Ve las servilletas arrugadas en el asiento de enfrente. Están dobladas y pegajosas. Toma una, la huele. Semen. Siente que el corazón se le estruja. Llora. Regresa a la casa. No debo pensar mal. Debo tenerle confianza. Tal vez fue uno de los perros de sus amigos. Regresa a la cama. Lo ve dormido, indefenso. Se acerca al oído y le dice muy quedito: Te amo, mango. Perdoname por dudar...nunca me dejés. “¡Shhhhhh!” hace su amorcito, con cara de enojo.

martes, 12 de octubre de 2010

EL RECUENTO DE LOS DAÑOS

Ahora que todo terminó, sé que quizá terminó sin haber de verdad empezado, si es que eso tiene sentido. Todo está como nublado y de momento sólo recuerdo todo lo que él no sabía: No sabía ser amigo, no sabía ser amante, no sabía ser pareja. No sabía besar ni dejarse besar; no sabía abrazar ni recibir un abrazo. No sabía aconsejar ni aceptar consejos. No sabía decir la verdad, pero tampoco era bueno para decir mentiras, aunque las decía mucho y muy seguido. No sabía el verdadero significado de decir te amo y todo lo que eso implica, ni sabía tampoco distinguir cuando lo escuchaba y era verdad. No sabía ahorrar ni apreciar un trabajo. No sabía en realidad cómo realizar por sí sólo el trabajo al que se dedicaba. No sabía estudiar ni disfrutar la lectura, aunque no es que lo intentara, tampoco. No sabía ver cine. Reía y lo disfrutaba, pero no es que supiera de verdad reír. No sabía beber, aunque creía saberlo; pero beber tanto no es saber beber. No sabía disfrutar la comida sin sentirse culpable y enojado después de hacerlo. No sabía acariciar. No sabía bromear. No sabía ser amable ni cortés ni agradecido. No sabía ser considerado ni generoso. No sabía ser sensible. No sabía saludar ni sabía despedirse, menos si era para siempre. No sabía empezar una relación y menos cómo terminarla: empezamos cogiendo, pero eso también fue mi culpa. No sabía ser tierno sin sentirse cursi. No sabía de la importancia de un eufemismo. No sabía ocultar su necesidad de llamar la atención y de sobresalir. No sabía si realmente era especial u ordinario. No sabía llorar ni tampoco recordar sonriendo. No sabía hacer el amor ni sabía tampoco que el sexo es mejor dosificado y no con cualquiera, y que hacerlo con muchos no significa ser más atractivo y de esa forma nos conocimos. Él no sabía que todo lo que no sabía era obvio para algunos, sobre todo para mí. No sabía que no se debe ser cruel después de cagarse en el corazón de alguien. Seguro nunca sabrá, tampoco, que su no saber dejó la marca de un puñetazo tatuado en mi tetilla izquierda. Y duele; duele ahora que todo terminó quizá sin haber de verdad empezado, si es que eso tiene sentido.

martes, 5 de octubre de 2010

CAN´T BUY ME LOVE (O MAGIA NEGRA, FAUSTO Y EL HIERBERITO MODERNO)

Le tomó cinco gallinas – nunca antes había matado ni una sola con sus propias manos –, varios chorros de su propia sangre, un par de quemadas en las yemas de los dedos, seis eyaculaciones (dos de ellas con un gran dildo morado ensartado detrás), tres uñas de los pies autoarrancadas sin piedad, una pata de gatito negro, dos ojos de sapo (¿hace cuánto que no veía sapos en los jardines?) y varios rosarios dichos al revés: un total de casi cuatro horas, incluyendo la búsqueda en internet sobre cómo hacerlo. Pero ya: por fin allí enfrente tenía a Lucifer, tal cual había pretendido con el conjuro. Se había aparecido así nomás, sin mayor alharaca, y eso que se lo había imaginado entrando con rayos azules, así, tipo láser, como con los que cayó el terminator en la lica. Pero qué, si no.

Nada más que el Lucifer de verdad, el de a de veras, no se parecía en nada a los dibujitos de la página que encontró en Google. Ni piel roja, ni escamosa, ni cachos, ni patas de cabra, ni colmillos de pirañita ni ojos de serpiente ni nada de eso...¡un mango resultó el cerote! Estaba desnudo, eso sí, lo que lo ponía un poco nerviosón, cosa rara, luego de seis eyaculaciones y tres dedos todavía palpitantes de dolor, pero con el diablo nunca se sabe...trató de no vérsela, pero no pudo evitarlo: no la tenía ni grande ni chiquita, así, como del tamaño justo; bien bonita, sin circuncisión. Aunque antes del ritual sí había considerado la posibilidad de que Lucifer tuviera forma humana y no la clásica de las caricaturas, pues se lo había imaginado más parecido a Don Ramón que al turco precioso que se anduvo cogiendo hace un tiempo a la Gabriela, al que, por cierto, era sospechosamente parecido... Hmm... Pero bueno, a lo que te truje Chencha, porque alguien tan importante como Lucifer, que igual que la madre, sólo hay uno, no se anda para babosadas. Pero si me quiere coger, me vo’a dejar, pensó. Pues si querés, te cojo, dijo Lucifer sin mover los labios ni cambiar la expresión. Pero eso no entra dentro del precio, sería sólo por placer mutuo. Lucifer le estaba hablando así como por telepatía. ¡Qué chilero, y ni miedo tengo!.

Ya sé qué querés, tengo claro para qué me llamaste, pero igual me gusta que me lo digan, dijo solemnemente Lucifer sin emitir ni un gemido. Se le olvidó, entonces, lo erótico del momento y casi al borde de las lágrimas, le contó sus penas, que casi todas se resumían a lo mismo: no tengo ni un len y te vendo mi alma con tal de hacerme rico y que todos me admiren y me amen y quieran conmigo. Nada nuevo, pensó Lucifer, esta mara no cambia ni con los millones de años, pero pues el negocio es el negocio. Lucifer, entonces, con la paciencia ensayada de los varios meses que llevaba telepatiando el mismo discursito en Centroamérica, le explico las distintas opciones para vender el alma: La entrega al mero final (la menos conveniente, claro); la de pagos parciales (en la que el alma se termina de dar al mero final, pero igual se entrega mensualmente por pedacitos, propios o ajenos, que es lo ventajoso) o la más utilizada: el plan Dorian Gray, que incluye retrato de Manolo Gallardo y toda la cosa (que, aunque el retrato con el tiempo ya debe esconderse donde no lo puede ver nadie, tiene la ventaja de que el arte siempre es una inversión...) Habiendo escogido plan, ya Lucifer le detalló los pormenores: la tasa de interés variable, los parámetros de variación, los cargos por gastos administrativos, la cuota extra por mora, la fecha de corte, la fecha de pago, la capitalización de la deuda. Pero...pero...esas son EXACTAMENTE las mismas condiciones de mi tarjeta de crédito, dijo, la que me tiene bien sembrado. Lucifer sólo sonrió.

martes, 28 de septiembre de 2010

NUESTROS SUFRIMIENTOS SON CARICIAS BONDADOSAS DE DIOS, DIJO LA MADRE TERESA

Esta última vez que Juan Manuel le pegó, el escándalo fue tal y la golpiza tan grosera que los vecinos escucharon y llamaron a la policía. Y la policía, que nunca entiende este tipo de cosas, se lo llevó. Martha, obvio, no fue a interponer denuncia, pero desde ese día no ha sabido nada suyo. Y de eso hace ya casi tres semanas. Por lo menos todavía tiene un ojo morado a medio abrir y le quedan un labio partido y un diente flojo. Entonces, al verse al espejo siente su presencia, siente el apretón de sus brazos morenos y lampiños y le agradece tanto, tanto amor. Cuando se le caiga el diente, piensa, lo va a guardar en la cajita de música que le regaló, para verlo siempre que lo extrañe y recordar cómo él, además de su papá, ha sido el único hombre suficientemente hombre para ponerla en su lugar, como se merece. Ojalá regrese, piensa Martha con un dolor en el pecho, mientras se juega el diente con la lengua. Ojalá regrese; y esta vez sí voy a portarme bien.