miércoles, 26 de enero de 2011

AMPUTACIONES

Cuando tenía cinco años, debido a la diabetes agravada por testarudez, a su abuela Berta tuvieron que quitarle toda la pierna izquierda. Pero más horrible que la imagen que sin querer vio de su abuela desnuda, así, con apenas un tunquito de hueso forrado de pellejo guango pegado a la vulva canosa, era el llanto de la vieja despiernada: lloraba porque le dolían las uñas de ese miembro que ya ni estaba. Ya de adulto, la sola imagen de esos gritos rabiosos provocados por algo que no existía más, todavía le erizaba los pelos al pobre de Juan Rosario. Nunca desde la amputación volvió a acercarse a su abuela – según él, loca – con gusto ni con cariño. La abuela Berta, mujer agria y seca ya desde joven, lo maldijo varias veces entre dientes por sus desprecios hacia ella, dueña única de la casa donde vivían él y su madre, condenadatambién desde la concepción clandestina de donde salió el pobre Juan Rosario, siempre malquerido.


Siendo adolescente se hizo a sí mismo la disparatada promesa de nunca sentir algo que no existía, según él para no asustar a los demás. Quien sabe, sin embargo, si por justicia divina o por los malos deseos de la abuela, muy joven terminó como ella y hasta peor: borracho, sucio, maloliente, sentado en el callejón lleno de basura en donde vivía desde que la vieja muerta lo dejó sin nada; así, casi siempre bajo la mirada de nadie, se imaginaba viviendo en la casa majestuosa en la que creció, tomando el té que tan rigurosamente la abuela sin pierna acostumbraba a las cinco de la tarde, cuando en realidad estaba cagando en una esquina. No lloraba, eso sí, porque seguía sintiendo el calor de la casa y de la vida que le fueron amputadas gracias a un Notario como muchos.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

MIS DESEOS PARA DOSMILONCE

Deseo que en dosmilonce encontremos gustito y amor por todas y cada una de las partes de nuestro cuerpo, incluyendo aquéllas que ahorita nos provocan caras frente al espejo y que hacen que nos entrapujemos para esconderlas. Deseo que en dosmilonce encontremos humor en todo, hasta en lo que parezca inapropiado encontrarlo...sí: pela la verga cuán serio sea. Deseo que en dosmilonce siempre tengamos fe; sobre todo en esos momentos en que tenerla parezca estúpido o ingenuo. Deseo que en dosmilonce sintamos inagotable libertad para expresarnos de cualquier forma que nos dé la gana, desde cómo nos vestimos hasta cómo hablamos; cómo cortamos la lechuga o de qué colores nos rodeamos y cómo apretamos los dientes (o los deditos de los pies) durante el sexo...¡que seamos nosotros mismos sin pena! Deseo que en dosmilonce avancemos - siempre avancemos - pero sepamos distinguir tanto el ritmo adecuado para cada uno como la dirección que nos toca, porque cada quien tiene su propio camino y “el adelante” no siempre nos queda enfrente; además, que no nos dé miedo sentarnos un ratito a descansar o a llorar, porque hacerlo también es parte de la jornada. Nos deseo en dosmilonce conciencia constante de nuestra conexión a ese algo más grande, sin importar qué tan desconectados nos sintamos unos de otros. Deseo que en dosmilonce aprendamos a decir "te amo" y "te quiero" sólo porque es la verdad, sin que nos importe ni un poquito la respuesta que pueda o no venir. Deseo que en dosmilonce vengan muchos momentos de feliz soledad, otros de deliciosa compañía y algunos también de divertida comunidad, siempre en la dosis en que cada cual se sienta correcta y segura. Deseo que en dosmilonce sepamos distinguir quiénes y cuáles son nuestras fuentes de apoyo y que seamos lo suficientemente humildes para saber cuándo necesitamos avocarnos a ellas y, sobre todo, que tengamos los huevos para decir “vos, ayudame, por fa”. Deseo que en dosmilonce nos abunde la inteligencia para saber cuándo nos toca ser el aprendiz y cuándo nos toca ser el maestro y cuándo somos todos sólo compañeros, y que sepamos asumir ese rol, en ese rato específico, con toda la enjundia que se requiera. Deseo que en dosmilonce encontremos fuerza y seguridad para marcar nuestros límites – ante todos, incluyendo familia y amigos – con la suficiente claridad y amor (decir “comé mierda” sí se vale) y que, al manifestarnos de la forma que sea, seamos escuchados y obtengamos respuestas significativas y que también estemos abiertos a escuchar a los demás y respetar sus límites. Nos deseo en dosmilonce gratitud por todo lo que tenemos y huevos, muchos huevos para apretarnos las botas y aventurarnos por fin a explorar ese territorio desconocido que hace mucho queremos conocer, porque en lo nuevo es donde es más factible encontrar nuestra libertad y crecimiento.

domingo, 19 de diciembre de 2010

NO TENGO DINERO, NI NADA QUÉ DAR

NOTA PREVIA: ESTE CUENTO FUE ESCRITO PARA LA EDICIÓN NAVIDEÑA DEL MAGACIN DE SIGLO VEINTIUNO. LA PUBLICACION, LIGERAMENTE EDITADA, PUEDEN ENCONTRARLA EN ESTE LINK: http://www.sigloxxi.com/vida.php?id=25981 y http://www.sigloxxi.com/magacin.php?id=25831. En el tercer párrafo del cuento publicado, en lugar de "2", debería leerse "27".

A CONTINUACION PRESENTO MI VERSIÓN ORIGINAL:


¡Qué lindo! Santa Clós también usa Flammejor apaga el radio de su taxi destartalado. Entre ese y el anuncio de B&B, Ludbim ya está a riata. Suspira recio. Ya son las once de la noche y anda dando vueltas desde las siete y media. Nadie se ha querido subir con él. Sospecha que el estado de su carro da desconfianza: maldita ventana que no tiene pisto para arreglar. Tiene las manos negras de mugre de motor y huele a sudor mezclado con grasa de cara; el carro apesta a humedad y la calle a humo de cohete y de canchinflín, que, aunque prohibidos, no hay año en que no atraviesen silbando el patio de algún vecino indignado por el peligro de incendio. Con la ventana abierta se oyen intermitentes los PUM de algún cohete suelto, de algún tronador; ve a los hermanos grandes prendiéndole volcancitos a los hermanos chiquitos y escucha a uno que otro güiro llorando por la mano quemada. Este año sólo le alcanzó para comprarle a sus hijos un par de paquetes de estrellitas y una ametralladora corta para las doce.

Se imagina el tamal que lo espera en casa y le truenan las tripas, pero se acuerda que Ruby todavía le debe esos cinco tamales a doña Mencha y el hambre se le mezcla con ira, de esa que siente justo en la boca del estómago. Fue feo pegarle en nochebuena, pero al menos le dio sólo con el cincho y no con el puño. Ganado se lo tenía: ya demasiadas veces le ha dicho que no quiere que se esté endeudando por muladas de esas que siempre le encuentra escondidas en la gaveta, cremas de Avón o chucherías para los niños.

Los tres patojos ya llevan varios días pidiéndole un arbolito de navidad, pero si consigue plata no será para eso sino para los útiles. Ellos sí tienen que estudiar para que cuando tengan veintisiete, como él, no anden mendigando suelditos de donde puedan. Suena el celular. Es Ruby. Se parquea en una esquina oscura y contesta. Miamor, ¿ya va a venir? No sea así, hombre, venga a la casa. Ya son casi las doce. Ahorita ya no va a conseguir clientes y los patojos están va de preguntar por usté. El Dixon llore y llore. Véngase. Ya les expliqué que no van a haber regalos, lo que quieren es estar con usté quemando estrellitas. Perdóneme por lo de los tamales, pero esos no los debo: doña Mencha los regaló. Ludbim cuelga y, al tirar el celular en el asiento del copiloto, piensa en los anuncios del periódico, esos con celulares de cuatro mil quetzales. CUATRO MIL QUETZALES POR UN TELÉFONO. Arranca otra vez y se atraviesa para la Roosevelt.

Se acuerda que en la mañana el hijo grande del vecino estaba con Dixon, viendo juguetes en el periódico. El ishto caquero ese y su hermano llevan días hablando de Santa Clós. Dixon siempre se queda callado. Ludbim jala mocos. Desde lejos una señora agringada cargando bolsas le hace señas para que pare. Ludbim para y nota que es más joven de lo que pensó pero está algo arrugada, como la gente blanca; habla con acento extranjero. Le pide que la lleve rápidito a donde va, que no queda muy lejos. Súbase, son cincuenta. La mujer dice estar muy feliz por haberlo encontrado, que temía no llegar a la casa a donde la invitaron a pasar las doce porque se le hizo tarde comprando regalos y no conoce esa zona. Estei taxi es un bendicion navidenio, un regalo del senior. No para de hablar de nacimientos, de foquitos en la calle. A Ludbim le dan ganas de agarrarla a cinchazos como a Ruby cuando no se calla, pero de todas formas no va poniendo atención: no se le sale de la cabeza el carrito ese rojo que Dixon miraba en el periódico con expresión de adulto. Aquí, aquí es, don, muchos, muchos gracias, feliz navida ustei y familia, dice la gringa mientras se baja del carro. Parada al lado de la ventana, saca de la cartera ciento cincuenta quetzales y, así, de la nada, se los da completos. Dios lo bendeiga, repite, moviendo la cabeza y sonriendo con sus bolsas de regalos.

Son las doce menos veinte y Ludbim decide irse a la casa. Sonríe levemente. En la entrada del barrio hay todavía un puesto abierto donde venden juguetes y adornos. Da gracias al niño Jesús por la suerte y le compra una muñeca rubia a Esther, un pick up de plástico amarillo a Dixon y un conejo verde al Edi. Se lleva un arbolito miniatura con foquitos de colores y, para él y para Ruby, compra un gorro de Santa Clós con barba y lucitas rojas incrustadas en el peluche blanco. Hace mucho no sentía caliente el pecho, como no fuera por un enojo. Paga con orgullo y todavía le queda algo de plata. Pasa entonces a una tienda y pide una ametralladora grande; ya no hay, pero compra dos medianas y un cigarro. En el camino le dan las doce y empieza la tronadera. Mete un cacho más el acelerador. Desde la esquina espera ver a Ruby con los niños abrazándose afuera, pero su luz está apagada. Con el gorro puesto iluminándole las cejas y la barba algodonosa cubriendo su cara grasienta ve a los hijos del vecino destapando en la calle unas cajas casi tan grandes como ellos. Ahí con ellos está Dixon viéndolos callado y adentro, sobre el piso con pino de esa otra casa, están Ruby y la vecina, brindando con un vaso en la mano. Ludbim ve los regalos que lleva, ni siquiera empacados y su árbol de plástico le parece más falso y más enano que hace unos minutos. Sin que su familia lo note, su taxi tuerto vira en u. Parqueado en la misma esquina de hace un rato, llora desconsolado, como no hacía desde niño y se promete que el otro año será distinto. Pero no lo será.

viernes, 3 de diciembre de 2010

LA DESPEDIDA

El ángel había llorado, pero se veía tranquilo. Yo no quería llorar, pero sabía que era inevitable que esas lágrimas que venían mojándome las tripas desde varios días antes, salieran a limpiar eso sucio que siempre dejan las despedidas. La parte de atrás de la cabeza del ángel, justo sobre su nuca, palpitaba de forma extraña. Supuse que le dolía. Se me ocurrió que ese era, tal vez, el llamado de Dios.

El ángel abrió las puertas del enorme armario turquesa que yo siempre había querido ver completo por dentro y nunca había podido. Abiertas las puertas, sin embargo, no podía ver sino lo que el ángel deseaba mostrarme. Eso siempre fue así con el ángel y me tomó tiempo acostumbrarme. Me percaté que, en algún momento, el que hubiera secretos había dejado de lastimarme. En eso también ya era, por fin, un hombre.

De una gaveta fue sacando, una por una, las imágenes de los mejores momentos que pasamos juntos. Volví a vivir – siendo testigo desde fuera, pero al mismo tiempo sintiendo en ellas mi presencia – muchas veces en que el ángel me salvó; presencié otra vez abrazos, lágrimas, carcajadas, lecciones importantes que ya había olvidado. Todos esos recuerdos, carentes extrañamente de sonido, todavía se movían cuando el ángel los iba doblando para meterlos en su maleta, uno sobre otro. Algunos los enrollaba, para que cupieran.

De una hermosa caja redonda de cuero sacó un frasco de vidrio transparente con tapa de papel. En el frasco había palabras, de él hacia mí y de mí hacia él. Esas no las había olvidado. Me dijo el ángel que las palabras siempre quedan guardadas donde uno quiera y aunque uno no esté consciente, se tatúan en el corazón. Cuando el ángel fue sacando las palabras del frasco para envolverlas entre plástico de burbujas, sentí cómo el reflejo de cada una se movía dentro de mí, feliz de sentirse vivo. Cada palabra estaba separada, pero al mismo tiempo era parte de una frase. Las frases se encadenaban unas con otras, sabias ellas, y hacían que el interior de la maleta fuera brillando cada vez más. Cuando no resistí la tentación de reventar una de las burbujitas del plástico me dijo ¡Tate quieto, cerote!, riéndose con ojos de mamá regañona.

Cerró la maleta y se limpió el agua de los ojos. Ya me había dejado ver suficiente. Me abrazó; sentí caliente la espalda, que me tronó delicioso sin que siquiera me apretara. Dio un paso para atrás y me di cuenta que su maleta se había vuelto muy chiquita. No pude verle las alas, pero supe cuando las abrió. Noté sus botas rojas nuevas. Las quise. ¡Te espero allá! me grito mientras se elevaba. Sentí mucho frío.

Ya estaba solo otra vez, pero no era la misma sensación de soledad que me estrujaba el pecho antes de conocer al ángel. Me senté en el suelo porque las piernas se me aguadaron. Lloré un buen rato, en silencio, como lloran los treintones. De pronto, a lo lejos (o tal vez adentro mío) escuché a Lila Downs cantando. Sonreí y me paré. Mis bolsillos estaban llenos de dinero y tenía puestas las botas rojas. Puta – pensé – otra vez el ángel me salvó.


(escrito en 2009 a un amigo que ya no es, pero que sí lo fue, y mucho)

miércoles, 17 de noviembre de 2010

PENSAMIENTO DOMINGUERO

Sí: Tal vez estaba deprimido. Veía con cierta envidia al perro de su hermano, que no tenía reparos en mendigar desvergonzadamente el afecto que necesitaba. Si él pudiera hacer eso, ir de mano en mano, insistir de persona en persona, tal vez encontraría a alguien que lo tratara con ternura. Como una madre, sin ser su madre. Mierda. De verdad se sentía solo.

Le dolía un poco el cuello; no sabía por qué. Tenía ganas de ir al cine. Pero qué hueva. ¿A quién llamar? No es que le faltaran amigos. No dudaba del amor genuino que mucha gente sentía hacia él. Incluso, de un tiempo para acá, no dudaba que la cuestionable imagen que todavía veía en el espejo podía despertar la lujuria de más de algun caminante de este mundo que, en esta tarde somnolienta de domingo, le resultaba por demás pesado.

Pero nada de eso es lo que quería. ¿Y qué putas quería? Era extraño, no podía describirlo con palabras, pero la necesidad era tan fuerte, tan inconfundible. La carencia era cada vez más grande, el vacío cada vez más negro. Y su vida, sin embargo, parecía digna de envidia. Se sentía mal por quejarse. ¿Era feliz? Sabía que debía serlo...pero eso no era un sí.

En fin, mejor dormir para no pensar. Total, una siesta en domingo por la tarde es lo más normal del mundo. Lo triste es que se durmió para poder soñar con abrazar a alguien que le abrazara de vuelta. Por muchas semanas esa idea había sido la única que le provocaba una erección.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

ESA OSCURA CAJITA DE PLACER


Justo a las diez cuarenta y cinco del lunes, la amargura y el mal humor de tener que estar limpiando debajo de las camas sin que nadie jamás le dijera gracias – o lo notara siquiera – se transformó en horror al descubrir una caja de zapatos extrañamente colocada debajo de la cama de José Manuel, su hijo de dieciséis años. La misteriosa caja no estaba allí el mes pasado, cuando había dado el último pasón de aspiradora debajo de las camas de los patojos. Cada mes doña Gabriela hacía el sobrehumano esfuerzo de hacer limpieza en todos los lugares en que a Victorina, la empleada de tres veces por semana, nunca se le ocurría, ni por milagro, que pudiera haber mugre.

El corazón se le salía del pecho y le apretujaba la garganta mientras, agachada en su falda y sus tacones de cinco pulgadas, estiraba el brazo para sacarla de ahí. Ya sentada en la cama de José Manuel y sudando por los nervios, con la caja en el regazo, se preguntaba a sí misma cuál era la mejor forma de proceder. En general, era una esposa y madre moderna, completa partidaria de respetar la privacidad de su marido y sus hijos. Normalmente, nunca se le habría ocurrido entrar al cuarto de los patojos para espulgar en qué andaban. El descubrimiento de la caja había sido completa casualidad. Varios pensamientos ordenados le cruzaban por la mente. No debo abrirla, debo respetar. Pero…¿y si son drogas? ¿Y si mi José Manuel está fumando marihuana o metiéndose mierdas? Mi gordo siempre ha sido curioso y atrevido. Con lágrimas en los ojos se reprochaba que, con la excusa de respetar los procesos naturales de la adolescencia del segundo de sus tres hijos, había estado mucho menos comprometida con sus obligaciones como mamá responsable.

Abrió la caja, convencida de su derecho de hacerlo. El miedo a la noción de las drogas se convirtió en un miedo diferente cuando descubrió el contenido de la caja: tres DVDs cuyos títulos sugerían una posibilidad que nunca se le había cruzado por la cabeza. Bajito, muy bajito, tal vez porque no quería ni oírlo ella misma, dijo ¡Santo Dios! Mi gordo es maricón.

Inmediatamente se paró y, con una patada, regresó la caja al lugar donde la había encontrado. Cerró la puerta y, jadeando, se fue corriendo a la cocina. Tal vez porque la negación es muy poderosa o porque casi cuatro meses sin sexo lo son más, la tristeza y la vergüenza de tener un hijo maricón fueron sustituidos – al menos de momento – por la deliciosa humedad que le trajeron las imágenes que había alcanzado a ver en las portadas de las películas: hombres guapísimos (italianos, parecían…y cuánto le gustaban los italianos…), musculosos, velludos algunos, con un trozo que se prometía descomunal. Mi hijo viendo hombres y yo con un marido que no me toca ni por chingar, pensó.

Trató de seguir limpiando sin pensar mucho en que su hijo, seguro, se tocaba viendo a otros hombres que deberían ser para ella, no para él. Pero la idea de ver a esos tipos grandes, lujuriosos, llenos de deseo sexual – tan distintos de su marido – le causaba prurito en los muslos y cosquilleo en los senos. No la dejaba limpiar en paz. A las doce del mediodía no pudo más. Ya era hora de cocinar pero no importaba. Más tarde pediría Pollo Campero para toda la familia. De momento, prefirió violar la intimidad de su hijo para saciar la suya propia, tan carente hasta ese momento de atención. Con la misma prisa que un adolescente, insertó una de las películas en el aparato y disfrutó quince minutos de tratar a su cuerpo cual parque de diversiones, viendo hombres como los que siempre deseó pero nunca tuvo. Sólo quince minutos duró en esas, porque la explosión de placer que para ese entonces ya casi no recordaba, llegó en apenas ese lapso de tiempo.

Mientras ponía la caja otra vez en su lugar, sonriendo de tener tan útil herramienta a la mano – herramienta toda llena de carne masculina; toda vacía de otras mujeres y carente de la panza y los pedos del marido – agradeció a José Manuel por su cajita de placer, que ahora sería el secreto de ambos. Después de todo, no tenía nada de malo tener un hijo con quién salir a comprar zapatos.

miércoles, 27 de octubre de 2010

TU CARCEL (DE BOLSOS Y OTROS ARTICULOS DE PRIMERA NECESIDAD)

Abre su bolso nuevo - grande, carísimo y morado que combina perfectamente con sus zapatos carísimos y morados - y saca las pastillas que le quitan el dolor de cabeza provocado por el dolor de estómago que le causan las pastillas para adelgazar. Odia el malestar físico y el humor cambiante que le da su coctel matutino de pastillas, una para cada cosa que no le gusta de sí misma. Pero ni modo: prioridades son prioridades. Tiene veintisiete años, pelo perfecto (además de perfectamente teñido) y una cara hermosa de ojos miel que, si se presta atención, detrás del aparente exceso de seguridad, brillan por el acumulamiento de lágrimas de tristeza reprimida, atrapadas todas, quizá, en el nudo en la garganta con que se acostumbró a vivir. No durmió bien anoche. Era miércoles, o sea día de salir al lugar donde se debe ir los miércoles, si no a pescar marido - eso está resultando difícil - al menos a que la gente que importa la vea sonreír sin que parezca trágico no tener marido. Regresó casi a las cuatro con su teoría confirmada de que odia a las mujeres, de que es imposible llevarse bien con una, porque todas le tienen envidia (o despiertan su envidia, aunque esta noción se queda convenientemente escondida bajo la alfombra de sus ideas).

Abre otra vez su bolso y saca los cigarros. Le da un poco de asco fumar por la mañana, pero igual siente el impulso de hacerlo. Anoche fumó y bebió demasiado mientras su mejor amigo – que lo es prácticamente por default – se encerró casi una hora con otro chavo en el baño del lugar de los miércoles. Mientras tanto, sola, trató de charlar y sonreír frente a frente con casi todos, sin que alguien le pidiera el teléfono. Fumando, le da un poco de asco lo que hizo su amigo. Lo hace casi siempre que sale. Ella sólo ha tenido sexo con dos hombres y nunca ha hecho el amor con ninguno. Uno fue su ex novio, con quien lo único que disfrutaba al abrir las piernas era la idea de un futuro seguro. El otro, su amante casado, con quien disfrutaba, al menos, la sensación de lo prohibido. Originalmente el novio perdonó su indiscreción de algunos meses con el casado. Luego, alentado por la esposa del ex amante, reconsideró su postura y decidió oficialmente ser su ex. Así que pasó, como todos los hombres de su vida, a la lista de exes: ex papá, ex novio, ex amante...Futuro ex amigo.

Abre su bolso y saca el espejo. Se retoca el maquillaje. Se ve a sí misma verdaderamente horrible. Todo está gordo: los cachetes, la nariz, la papada. En el pequeño espejo no se ven sus brazos ni sus piernas ni su barriga, pero igual siente la asquerosa gordura apretarse contra su pantalón talla cuatro. Aparentemente de nada han servido las tres liposucciones ni las dos puestas de Botox. Aunque claro, sin ellas todavía sería la gorda solitaria de la secundaria. Ahora es la solitaria que se siente gorda. Se mira en el espejo y no encuentra nada. Ni lo que fue, ni lo que es, ni lo que quiere ser. Le da escalofrío una inexplicable sensación de encierro. No se da cuenta de que el bolso y las pastillas y los cigarros y el amigo gay y el espejo y el marido que no llega y el maquillaje y las lipos y la mensualidad del carro son una cárcel que cada día la vuelve más infeliz. Cadena perpetua, seguramente.