jueves, 20 de mayo de 2010

CUMPLO 33. GRACIAS.

gracias a vos, a quien llamo dios, por estos 12045 días de pretéritos que me trajeron el ahorita este en que soy tan feliz, tan pleno, tan agradecido, tan gordo de ser yo: libremente sonriente en sonrisas y en lágrimas. gracias por los futuros perfectos que me regalás para cuidar mis volcancitos, para seguir amando rosas con un amor ya más inteligente que ayer y por estar rodeadísimo de zorros, a quienes rindo mi corazón domesticado.

domingo, 16 de mayo de 2010

ES NUESTRO ANIVERSARIO

Ahí estaban los dos sentados sin saber qué decir, en el mismo rincón y casi la misma mesa de años anteriores, esperando que el joven llegara con sus bebidas: una cerveza para ella, una copa de vino blanco para él. Luego, la paella de siempre. Después, él se negaría a un postre y se acabaría, de todas formas, más de la mitad del de ella.

Ana Amalia, en silencio, trataba de recordar, sin ver a Ignacio, en qué mesa habían comido el año pasado. Había sido cerca de esa misma ventana, desde donde se miraba la banca en que nunca había visto a nadie sentado. Tal vez después de comer podrían salir a sentarse un rato ahí. O tal vez un día regresaría ella a sentarse sola con un libro. Mejor eso, pensó. Ya había perdido la cuenta de cuántos años llevaban yendo al mismo lugar para celebrarlo. Celebrarlo. La única vez desde el aniversario pasado en que habían estado juntos, verdaderamente juntos por más de unos minutos, fue cuando se rebalsó la pila y se inundó la cocina. Se rieron mucho ese día. ¿Hace cuánto de eso?

Ignacio también miraba a la ventana, pero nunca había reparado en la banca. Pensaba en ese incómodo momento en la mañana en que dijo feliz aniversario, Ana Amalia (no miamor) y se acercó para darle un beso. Ella, por costumbre, puso la mejilla, pero se notó su vergüenza al caer en cuenta que él pretendía dárselo en la boca. Pero cuando ella, apenada, trató de juntar sus labios con los de él, ya él había decidido mejor sólo abrazarla. Al separarse, no se vieron a los ojos y ella procedió a terminar de revolver los huevos, que se pegaban mucho usando spray en vez de aceite. Lo mismo les había pasado hace poco, el día de la boda de María José – la menor de sus tres hijos y la única nena – en que, al ver a su esposa tan hermosa con su traje sastre brillante de falda larga y el pelo gris recogido, no pudo sino querer besarla fuerte y profundo, como aquélla vez en que se escaparon por primera vez solitos, dejando a Salvador, el mayor y en ese entonces de cuatro meses, con la abuela. También la vez de la boda terminaron en un abrazo menos apretado que los que le daba su compadre Willy. Qué calor, verdad. Sí, qué calor. Más silencio.

Comían ya la paella, masticando callados. Ana Amalia, que trataba de separar la cáscara de un camarón sin ensuciarse las uñas manicureadas esa misma tarde, levantó la cabeza asustada cuando lo escuchó. Primero, sólo notó que a Ignacio, con la barbilla en el pecho, se le movían los hombros hacia arriba y hacia abajo, con un ritmo raro. No supo qué hacer y su primer instinto fue gritar para llamar a alguien. Mi marido se está ahogando. Pero no lo hizo. Ignacio levantó la cabeza y ella vio que estaba llorando. También, por primera vez, notó sus profundas patas de gallo. Tenía un grano de arroz en la comisura izquierda del labio de abajo. Las lágrimas le corrían, espesas y fluidas, por todas las mejillas. Una movió un poquito el arroz, que de todos modos se cayó cuando él abrió la boca para decírselo entre sollozos recios. Nunca lo había visto llorar así. Me hace mucha falta chimarte como antes, dijo. Ana Amalia, sin abrir la boca, buscó su mano y se la apretó, viéndolo fijamente a los ojos. No supo sonreír, pero tenía los pezones duros.


Notoriamente inspirado en la canción “El siete de septiembre” de Mecano. Quinto cuento escrito para las Martesadas; el tema de la semana era “Palabras soeces y altisonantes”

miércoles, 12 de mayo de 2010

UNO CON LA SAL (O LAS VENTAJAS DE SIEMPRE VER HACIA ATRÁS)

Abrió los ojos en medio de la oscuridad húmeda de su cueva. Esta vez había sido más difícil salir de la pesadilla. Chorreaba sudor desde las arrugas de la frente amarga. La quemadura de la pierna derecha, pese a ser ya sólo una cicatriz, le palpitaba de ardor como si fuera herida fresca. La pesadilla, claro, sería sólo eso, de no estar maldita con las formas, los olores, los calores, los ruidos, los horrores precisos – exactos – que había vivido hacía tantos años, al haber sido bendecido (¿bendecido?) por Jehová. En realidad nunca supo, ni siquiera en el preciso momento en que ocurrió, si salvar su vida había sido de verdad un premio del Creador. Ciertamente no se sentía así. Nunca lo llegó a sentir así, de hecho. De su tío Abrahán no volvió a tener noticias desde la huída de Sodoma hacia Zoar, pero su corazón le seguía amando a él, a su barba blanca y a Sarai, su mujer. Su mujer. Cómo extrañaba el abrazo apretado de su mujer, la que fue suya, la que Jehová le quitó. Se la quitó. Su corazón latía acelerado aún. Una lágrima, rodando por su mejilla, se confundió con una gota de sudor que, juntas, fueron a dar a sus labios. Sabor salado: su mujer.

Lot, así, acostado en el suelo de la caverna, temía a veces, por supuesto, a la ira de Jehová. No debía, se supone, anidar dudas, ni rencor alguno; menos este odio que albergaba en su corazón, que a veces, muchas veces, se sentía oscuro y caliente, como la cicatriz de su pierna. Sin embargo, estos sentimientos, no los podía soltar: no los quería soltar. Dejarlos ir sería dejar ir también el recuerdo de ella. ¿Pero podría ser de otra forma? ¿Debería acaso ser feliz? Imposible. Jehová, de todos modos, no se enteraría; no podía saberlo todo y así estaba demostrado. Si dudar de él, si odiar a Jehová merecía castigo, Lot habría sido quemado junto con las ciudades. Habría sido muerto desde el preciso momento en que esos hombres que había salvado horas antes lo forzaron a abandonar su hogar, porque detestó abandonarlo. Habría fallecido, maldito como sus sueños, desde que escuchó morir, a sus espaldas, a los pequeños hijos de Gomorra, a los que disfrutaba ver jugar en la arena – niños pagando por el pecado de su origen, no por el propio – porque no soportó escuchar sus gritos ni luego su silencio. Habría sido fulminado al darse cuenta que el olor de su carne, la de ella, la piel de sus mejillas, su vagina exquisita, guarida preferida de manos y lengua, de pronto eran sal. Sal: su mujer.

La claridad del próximo amanecer iluminaba ya los rincones. Pero ni la luz del día era esperanza del fin de la pesadilla. El sol era, más bien, la promesa de otra noche como la anterior y como la anterior y como la anterior y como la anterior a esa, también, en que veía por fin, en pesadilla, la lluvia de infiernos que, en su momento, le fue prohibido ver. No quería más. No podía ya ser Lot. Lot, el sobrino desterrado. Lot, padre de dos hijas ya desaparecidas, primero ofrecidas a los viles y luego vilmente devoradas por el incesto. Lot, padre borracho de sus propios nietos inmundos, que ya no estaban, tampoco. Lot, único morador hambriento de una cueva perdida; un enemigo de su propia vida, que, se supone, había sido salvada por dos ángeles como premio a su bondad. Le escupo a mi bondad como le escupiste a mi vida.

Antes que el sol saliera, solo, sin Jehová como testigo – porque Jehová de verdad no lo sabe todo – se levantó Lot, anciano y desnudo, de la orgía de telas y pieles en que fingía dormir cada noche, porque en vez de dormir sólo sufría recordando ese día y los días después de ese, que fueron todos sufrimiento. Su muslo negro, quemado en la huída por un trocito de llama que cayó del cielo, ardía ya menos que el odio de años tatuado en su pecho. Ya es hora, supo. Y en cuanto lo supo, caminó, cojeando, hasta el fondo de la cueva, donde estaba el cofre. Con cada paso hacia el cofre, el odio se hacía menos odio y se convertía en amor. (De ahí el famoso dicho que, como a Sodoma y Gomorra, también ya lo quemaron). Ahí, a oscuras, donde vivía esa serpiente gorda cuya mirada fija él fingía ignorar, estaba su cofre: el cofre donde la guardó. Nunca antes lo había abierto; sus hijas nunca supieron de él. Las putas esas que, con tal de parir, estrenaron sus clítoris con la carne de su padre, no lo vieron levantarse una noche, borracho, a recoger desesperado los restos de la columna de sal ni guardarlos en la cajita de madera que estaba, sin explicación y quién sabe desde cuándo, en la cueva que eligieron para vivir.

Abrió el cofre con la misma ternura con que frotó su pubis por primera vez y, aunque sólo era sal, creyó ver entre los granos blancos, el par de hermosos pezones que siempre lo invitaban a chuparlos. Gimiendo llenó sus manos y frotó la sal contra su rostro. La besó. Era una sal suave que le supo a miel y a pusa mojada. Puño tras puño, frotados violentamente contra la piel de Lot, su cuerpo se fue empapando de lágrimas y babas; luego sangre, porque los granos eran duros y punzantes. Era Lot una masa salada de calentura y amor. Te extraño. Te amo. Se lo frotaba duro y la sal le quemaba el pene, deforme por la circuncisión forzada ya como adulto; sus dedos salados se le metían por el culo, tal como lo había hecho ella, siguiendo los consejos de sus amigas sodomitas. Odié a Jehová porque ya no eras tú, pero ahora sé que tal vez nunca dejaste de serlo, dijo, sintiendo su presencia. Pero la sal no respondía. La sal sólo era sal.

Y ahí estaba el viejo desnudo, hincado solitario en el suelo sobre un charco de granitos blancos, con la verga erecta, llorando por su ausencia, que quemaba como se quemaron Sodoma y Gomorra con el fuego del cielo, ese otro fuego, el que no es amor de Dios. Lot, de vivir tantos años viendo hacia atrás, era sólo lágrimas y sudor. Igual que ella y por lo mismo que ella, también ya era sal. Los dos, por fin: sólo sal.

Referencias: Génesis 11:27 a 11:32 y Génesis 18:16 a 19:38, “Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras”.

martes, 4 de mayo de 2010

NO ES VERDAD QUE LA COSTUMBRE ES MAS FUERTE QUE EL AMOR (y ni la costumbre ni el amor se curan con exorcismos)

Como todos los jueves en exactamente el mismo lugar y casi siempre a la misma hora, el paso del viejo Benigno se había vuelto muy lento, casi a la mitad de lo normal. Salía de su casa más o menos a las ocho treinta, luego de su desayuno frugal de avena instantánea de microondas y de hojear la misma vieja revista de agosto de dos mil siete, llena de vestidos que estaban de moda hace casi cuarenta años. Hasta antes de llegar al punto donde bajaba el ritmo de la caminata, se movía con bastante agilidad pese a sus muslos gruesos y a la expresión perennemente arrugada de agotamiento. Pero ni la edad ni el vacío de vivir completamente solo le dolían ya. Esa ausencia había sido su fiel compañera desde los tiempos de la revista que guardaba religiosamente, después de hojearla sin leer, bajo el peso del colchón. Como lo que Benigno esperaba caminando lento no ocurría, prefirió detenerse; bajar más la marcha se habría visto (y sentido) muy tonto. Siguió con la vista la ruta de un pájaro que no estaba herido, pero que igual le recordó la canción. La ocurrencia de la trágica balada trajo a sus ojos una sonrisa; sus labios hace tiempo que no se torcían con una. Bajó la vista al suelo y metió las manos entre las bolsas del pantalón. No había nada más que hacer. No había siquiera un solo chiclero con quién perder el tiempo y disimular esta espera que le provocaba un nudo en la garganta cada mañana de jueves. Leía mucho estando en su casa, pero sentarse a esperar leyendo un libro así, bajo estas circunstancias, habría sido demasiado obvio; habría traicionado su orgullo.

Mientras su corazón latía fuertemente por el miedo de la espera, la figura que Benigno ansiaba ver se asomó por la esquina. Se distinguía a lo lejos su espalda ancha ya más o menos curveada por la elección de vida desordenada, la cabeza redonda y calva, el porte de soberbia desgastada (pero aún soberbia). Urgentemente, Benigno se dio la vuelta para quedar de espaldas a quien se aproximaba y comenzó a caminar, otra vez muy lento, para dejarse alcanzar sin que fuera obvio; mientras, la otra figura aceleraba discretamente el paso para alcanzarlo, procurando que no se notara que trataba de alcanzarlo. Una vez lo logró, el viejo recién llegado se colocó al lado de Benigno. No se vieron más que de reojo; pero como cada jueves, caminaron juntos sin hablar por casi dos horas en que el corazón de ambos latía de prisa por una mezcla de ansiedad, nervios y regocijo por la sapiencia mutua del estar ahí. Benigno podía sentir el aliento alcohólico del viejo recién llegado. Hoy el tufo era mucho más fuerte que las otras veces. La barba blancuzca y desordenada, dejada crecer a medias y sin mantenimiento alguno, paradójicamente, le daba al viejo recién llegado un cierto aire de borrachera interesante, de resaca digna y bien merecida.

La semana anterior había sido el viejo bebedor quien esperó a Benigno, también tratando de disimular la impaciencia y la intranquilidad de que su silente compañía de los jueves en la mañana no llegara ese día y – peor aún – que esa ausencia significara que no llegaría nunca más. La sola idea de que las mudas caminatas semanales cesaran, hacía que el recién llegado necesitara varios tragos de ron, que debían esperar hasta estar de regreso en su casa.

Durante las dos horas de caminata semanal, tanto uno como el otro evadían sus miradas; pendientes, eso sí, de la presencia constante del otro, de su respiración agitada. Después de todo, ya ambos rondaban los setenta años y caminar dos horas no era cosa de risa. Llegado el punto en donde normalmente se separaban y en contra del arreglo tácito de no hacerlo – que había existido desde que por casualidad se toparon en la calle después de muchos, muchos años sin saber el uno del otro – Benigno lo vio a los ojos. En el solo segundo por el que sus miradas se cruzaron, ambos comprendieron que se verían la próxima semana (como había sido por los últimos meses) y que se deseaban bien, pero que probablemente seguirían sin cruzar palabra. El otro viejo, con expresión de orgullo y ante el gesto sorpresivo de Benigno, solo asintió con la cabeza, a modo de saludo. Dio la espalda inmediatamente, de vuelta a su casa. Ya necesitaba beber. El corazón y la cabeza le latían tan fuerte que pensaba que sólo un buen trago le quitaría ese malestar. No me gusta sentirme mal, pensó. No tengo porqué. Pero sí tenía.

Por diecisiete semanas más (Benigno las marcaba en un calendario, el ridículo de Benigno, como sabía que el otro viejo, seguro, pensaría si supiera que llevaba la cuenta), las caminatas de los jueves siguieron su rutina. No hubo más retardos; no hubo más miradas directas. Siguieron sin palabras. Pero ambos llegaban, no sólo porque querían llegar: necesitaban hacerlo, necesitaban saberse presentes.

Un jueves de diciembre, en el punto de encuentro, dieron las diez sin que Benigno apareciera. Era primera vez que el otro viejo llegaba sin haber bebido el día antes y había esperado que su sobriedad fuera notoria. Sin malestar de goma y sin alcohol rezagado en la sangre, estaba lo suficientemente lúcido para sentir que esta espera le dolía como hace mucho tiempo no le había dolido algo. No podía buscar a Benigno, porque no sabía dónde vivía. ¿Y si le pasó algo?, pensó con un nudo en la garganta, que ya empezaba a pedir alcohol para lubricarse. En la desesperación que le comenzaba a tupir la mente – nublada de por sí con en la insistencia del guaro – el viejo comenzó a notar a algunas personas que recordaba ver pasar usualmente en su recorrido semanal.

Esta vieja una vez le dijo buenos días. Disculpe, señora ¿no sabe dónde vive el señor Benigno? ¿no? Disculpe, ¡hey, señor! ¿conoce a don Benigno? ¿no? Bueno, gracias. Disculpe. ¿Usted, sabrá dónde vive un Benigno? ¿Que cómo es? Así, asá... Sí, correcto; sí, cabal, camina todos los jueves por esta calle. ¿Todos los días? No sabía...yo sólo lo veo los jueves. ¿No lo ha visto en tres días? ¿Que estaba enfermo, dice? ¿Entonces es en tal calle? ¿En la casa de puerta turquesa? Está bien, muchas gracias.

El viejo corrió – o intentó correr como pudo – a donde le habían dicho que vivía Benigno. Tocó a la puerta turquesa, el color favorito de Benigno. ¡El mismo gordo ridículo!, pensó, sorprendiéndose a sí mismo por el familiar sentimiento de desprecio/cariño. Recordó un momento, hacía cuarenta años o algo así, en que Benigno le había comentado que su casa, efectivamente, tendría una puerta de ese color. Le había gustado la idea, aunque él la habría preferido dorada. La puerta se abrió y una señora le preguntó qué buscaba. No tuvo nada más elaborado qué decir que Busco a Benigno. Al informarle sobre su nombre, la señora de la puerta le dijo, entre lágrimas, que Don Benigno ya no estaba más allí, que había estado muy enfermo de pronto, pero que, de hecho, tenía algo para él que Don Benigno había dejado en su mesa dos noches antes de partir. Como no conocía al destinatario del encargo, la señora no se había preocupado demasiado por qué hacer con éste, pero se sintió útil y con misión cumplida al entregar los objetos así, aunque fuera muy casualmente y sin haber hecho el menor esfuerzo. El viejo recibió, así nada más, en sus manos, la revista de moda de dos mil siete y un ejemplar de “El amor en los tiempos del cólera” en cuyas portadas estaba escrito su nombre con la misma letra redonda que recordaba de Benigno. Adentro del libro, dos separadores ilustrados con mariposas marcaban cada uno páginas que, a su vez, tenían pasajes subrayados con marcador fluorescente azul. El primer pasaje subrayado decía: Sólo Dios sabe cuánto te quise”. El segundo, “Le rogó a Dios que le concediera al menos un instante para que él no se fuera sin saber cuánto lo había querido por encima de las dudas de ambos, y sintió un apremio irresistible de empezar la vida con él otra vez desde el principio para decirse todo lo que se les quedó sin decir y volver a hacer bien cualquier cosa que hubieran hecho mal en el pasado”.

El viejo cerró los ojos un instante sin saber qué pensar ni qué sentir; pero pensó en los besos de Benigno, que siempre, mientras estuvieron juntos hacía tantos años, le parecieron demasiado húmedos, demasiado salivosos. Apretó la revista enrollada en una mano y dejó el libro tirado frente a la puerta roja, por ridículo. Se acordó del primer pedo que dejó escapar enfrente suyo, que no fue de intimidad y de confianza (como pensó Benigno), sino de burla e irrespeto. El resto de su relación fue igual que ese pedo y ahora, otra vez, sintió lo mismo. Se fue caminando a su casa, muy despacio. Ya no le dolía la cabeza.

El miércoles siguiente volvió a beber hasta quedarse dormido de rodillas en el piso. El jueves, a las ocho en punto, se arregló más que de costumbre y salió a caminar por un nuevo recorrido; por una calle donde había escuchado que, quizás ahora, vivía otro viejo amante, ese sí de mejor familia que Benigno.

martes, 27 de abril de 2010

...PORQUE NO TIEEEEEENE, PORQUE LE FAAAAAALTA... (cuento)

Como casi todas las de su círculo de amistades, la del cumpleaños de Clarisa era siempre una fiesta de percepciones: no importaban mucho las realidades, sino lo que, mal que bien, pudieran dar a entender todos los impecablemente-vestidos, perfectamente-emparejados y románticamente-abrazados invitados. En esos ámbitos, las percepciones importan, claro, sólo mientras dura la fiesta. Parte de la tradición generalmente disfrutada es que al día siguiente todos comenten, cuando menos con ironía, lo que los prójimos tuvieron la osadía de aparentar. En fin: la fiesta de Clarisa, guapa, viuda desde los cuarenta y tres y con casa y apellido de prócer de la independencia heredados de quien fuera un guapo pero canceroso marido, era siempre la más concurrida y popular de todas. Digamos que Clarisa era, en la percepción de sus conocidos, la anfitriona quintaesencial; una señora Dalloway moderna, menos las complejidades emocionales y sin hija con ansias de salirse del molde, gracias a Dios.

Los invitados comenzaron a llegar a eso de las nueve de la noche, con alguna prenda típica chapina encima, como requería la invitación. No es que muchos, por supuesto, antes de ese día, tuvieran o se pusieran regularmente ropa típica. La mayoría enviaron esa misma semana – algunos ese mismo día – a sus choferes, nanas o, en el caso de la Cuqui, a su cholera, según le dijo a Marleny, al Mercado Central para comprar algo, aunque sea.

Eugenia optó por ponerse, en lugar de algún otro adorno típico de menos buen gusto, sólo su anillote de jade. Pasó buena parte de la noche con los labios apretados, mirando con decepción las enormes tinajas de barro llenas de piloyada antigüeña, que por supuesto no comió, y con asco a Rodrigo, su marido, feliz, tragándosela como cerdo. Menos mal no se topó a Clarisa, porque no habría podido evitar hacer algún comentario desagradable, de esos por los que era famosa. Al día siguiente, en el velorio, comentaría, no tan bajo como debiera debido al mal humor de pasar toda la noche oyendo y oliendo pedos, el poco tino de Clarisa al no ofrecer por lo menos algo de comida normal. ¿A quién se le ocurre hacer una fiesta y dar sólo frijoles?

María Dolores, la mejor amiga de Clarisa, divorciada y no precisamente la más brillante de su círculo de viejas cuchubaleras, se puso un tocoyal enorme que quién sabe dónde consiguió y fue muy feliz con los martinis de indita con tamarindo y las luces y cuetes del torito que quemaron a las doce. De hecho, fue María Dolores quien decidió que el torito (sin saber qué era un torito) se quemara a esa hora. Clarisa no aparecía por ningún lado – aunque la buscó por ratos – y ella ya se sentía con la suficiente confianza para tomar la decisión. Ambas se querían mucho y eran, dentro de lo que cabe, dada su educación enfocada a la frialdad, íntimas. Ramón, el chofer casi adolescente de Clarisa, fue quien bailó bajo el torito. Con tal de ganarse unos centavos extra, había mentido diciendo que sabía hacerlo, pero en realidad nunca lo había hecho. Por supuesto, terminó con una fea quemadura en el dedo gordo de la mano derecha, cuyo ardor le impidió masturbarse por tres semanas, luego de las que la calentura de todo veinteañero lo forzó a ir con una putía. La patoja no era fea y tuvo su gracia en la cama, pero a los seis días a Ramón le dio gonorrea y a los veintinueve, se descubrió ladillas.

Cuqui, que ante las amistades llama choleras a todas sus muchachas, pero que en realidad es bastante dulce y preocupona por ellas (le dan tristeza las inditas), llegó con una cartera típica muy linda y vestido negro. Su marido, con un pañuelo rojo con chibolas blancas en el cuello. Cuqui no lo dejó ponerse los caites que usa en el ingenio, aunque él eso quería. Cuqui hizo varios intentos porque Clarisa la viera, pero Clarisa, ni sus luces. Esta Clarisa, siempre corriendo en lugar de disfrutarse sus cumples. Saber dónde anda. Sí, chula, yo tampoco la he visto, dijo Regina, que llegó sin marido y con mucha hambre. Nunca había probado la piloyada y en realidad la disfrutó mucho, aunque al día siguiente no pudo ir al velorio por que amaneció con chorrillo.

Muy hermosa, con un vestido escotado y perraje enorme con pompones de lana verdes y morados, Martha fue la sensación de la noche, aunque casi nadie se lo dijera directamente. Eugenia decidió no tocar el tema, aunque quedó impactada por su belleza. Y envidiosa. Sólo María Dolores, como siempre ingenua, la había felicitado, una y otra vez, enfrente de quien estuviera. ¿Verá que se ve divina?. Martha, sabiéndose absolutamente linda, trató de hacer caso omiso de los malos tratos de las viejas caqueras, amigas de su nuevo marido. Ya se estaba acostumbrando, de todas formas. El perraje, claro, al igual que el vestido, los aretes, los zapatos, las pulseras, el maquillaje y el peinado, fueron elegidos por Tono, su esposo, que se pasó toda la noche siendo extremadamente amable y sonriente con uno de los meseros.

Las diez mesas de doce personas cada una, totalmente llenas; todos comentando lo original del tema de la fiesta, algunos con genuino gusto, algunos con cierto desdén. ¡Cosas típicas! ¿A quién se le ocurre? ¡Esta Clarisa es genial! La marimba orquesta comenzó a tocar desde las nueve, pero no fue sino hasta las diez y media que la primera pareja se animó a bailar, en parte por que los cocteles de indita ya hacían efecto y en parte por que a cualquiera se le antoja bailar el jugo de piña. Bailando los primeros, empezaron todos los demás.

Con una faja roja y amarilla comprada en el mercado de artesanías de la zona trece, Gladis marcó su recién liposuccionada cintura. La cintura no le duró mucho claro, empezando por que se pasó toda la fiesta tras las bandejas con chiles rellenos en miniatura, pero su liposucción era casi, casi tradición anual, así que en realidad no le importaba gran cosa. Lo que sí le importó, y mucho, fue que Clarisa no se dignara saludarla a ella, pero sí a Gabriela, la nueva esposa de su ex, que, encima, también había optado por una faja casi igual a la suya. Por supuesto, en realidad Clarisa nunca alcanzó a saludar a Gabriela – a nadie, de hecho – pero Gabriela mintió, tal como hacía siempre que veía una oportunidad jugosa de molestar a Gladis sin manifestar tan abiertamente el obvio desagrado que sentía por ella. Todo es cuestión de percepción.

Nadie en realidad se percató durante la fiesta que Clarisa no estuvo. Ni recibiendo, ni saludando, ni atendiendo, ni ordenando, ni despidiendo. ¿La culpa? Su horror a las cucarachas. A las ocho y cuarto, casi lista, Clarisa sacó de una bolsa plástica grotescamente empolvada que estaba hasta arriba en su clóset, el güipil tejido con hilos de seda que había comprado hacía catorce años en Chichicastengango (lo único que compró la única vez que fue) y del que convenientemente se acordó, para ponérselo junto con una espectacular falda roja de Carolina Herrera. Entre tanto preparativo, se le había pasado bajarlo desde el día anterior. Pero antes de ver siquiera el güipil, del que no se acordaba muy bien (¡Ojalá combine con rojo!), salieron de la bolsa al menos una docena de cucarachas, de esas grandes y gordas. Ni el grito pudo pegar, porque el desmayo le vino antes. Al caer, recta y de frente por lo apretado de la falda, se pasó quebrando la nariz contra una de las repisas del walking closet y murió, a los pocos minutos, asfixiada en su propia sangre, que sí combinaba muy bonito, eso sí, con su atuendo.

¿Y quién la encontró? Preguntó Gladis en el velorio, todavía con ganas de más chilitos rellenos. Pues gracias a Dios, mirá la casualidad que Tono estaba buscando no se qué con un mesero justo en el cuarto de Clarisa y ellos la encontraron, chula, djjo Eugenia con un tono neutral bastante raro en ella, dada la circunstancia. Con la nariz rota, llena de sangre y tres cucarachas aplastadas pegadas en la frente...Pero al menos puede irse tranquila: la percepción general es que otra vez dio la mejor fiesta del año.

viernes, 23 de abril de 2010

CHOJIN (cuento)

Tal vez por haber nacido en las faldas del Pacaya y llamarse como se llamaba, el destino de Gladiola estuvo, desde el principio y hasta el final, ligado anormal y misteriosamente al reino vegetal. Sí: Desde niña le gustaban las pacayas envueltas en huevo y, mientras más amargas, mejor. No: No era bella y agraciada como las flores, sino todo lo contrario. Tendía a quedarse parada por mucho (muchísimo tiempo) en un mismo lugar, con la mirada fija en un solo punto y su piel tenía un ligero tinte entre amarillento y verdoso. El pelo era seco, pajoso; la nariz bulbosa, con tantas venitas que parecía siempre estar oliendo una berenjena. Creció a cargo de su tía Enriqueta, quien muy pronto supo que en la escuela no funcionaría; dejo, entonces, de mandarla a estudiar. Lo poco que Gladiola sabía del mundo le fue enseñado, amorosamente, por la tía Enriqueta, quien aprovechó los sorprendentes dotes de Gladiola para la cocina y el jardín y la educó certeramente en esos aspectos. En su ignorancia, Gladiola creció feliz y totalmente desinteresada en el amor de los muchachos; desinterés recíproco, como es natural con las chicas feas y solitarias. Tal falta de atención a los menesteres de las relaciones de pareja, fue, por demás, conveniente para la tía, quien sufría de una enfermedad degenerativa que, poco a poco, la fue haciendo cada vez más chiquita y transparente. El día que Enriqueta murió, Gladiola, con la nariz más morada que de costumbre, estuvo parada, quieta y muy tiesa, por casi veintisiete horas, contra la pared blanca de la habitación que ambas compartían.

Sola en el mundo y no muy brillante, no le fue fácil conseguir trabajo; sin embargo, luego de demostrar lo bien que sabía encontrarle el punto a las verduras, se quedó como ayudante de cocinera en un hotelito de la zona diez de la capital. Pagaba renta en un cuartito en la parte fea de la zona catorce que tenía una rama grande con bouganvilias que colgaban por la única ventana.

Una tarde, mientras buscaba loroco en la Despensa Familiar que le quedaba en camino a su casa, Gladiola encontró lo que su tía Enriqueta siempre deseó: el amor. Y a primera vista, ni más ni menos. En cuanto Gladiola lo vio, supo que era para ella. Sólo para ella. Era considerablemente más grande que los más grandes que había visto antes; rojo intenso, con algunas protuberancias que le parecieron encantadoras. No dudo en tomarlo y jalarlo para ponerlo en su canasta, sin siquiera ver el precio. “Este rabanote es mío”, pensó con una sonrisa pícara y un corazón extrañamente palpitoso. Tuvo que comprar el manojo, claro, pero los demás rábanos, los chiquitos, fueron a dar al bote de basura casi en cuanto cerró la puerta del cuartito. Nunca antes lo había hecho, pero automáticamente supo cómo. La ropa tirada en el suelo, el calzón a los tobillos, el brassiere a medio quitar; la mano izquierda, sosteniendo firmemente el rábano gigante, que no se escapó de ser olido y besado en cada bultito. Nunca pensó un rábano ser usado para dar tanto amor, pero así fue y Gladiola se amó y amó al rábano por amarla tan tierna y eficazmente. No fue sólo una vez, por supuesto: todo el mundo sabe que los rábanos siempre se repiten.

Al cabo de un par de meses, las yemas de los dedos y los labios de Gladiola (todos) estaban teñidos irremediablemente de rojo. Su sonrisa, tatuada permanentemente en ese rostro del que Ramón, el patojo del mercado, siempre se burlaba. “¡Hoy sí le conseguí unos bien grandes, doña Gladiola!”, gritó Ramón, mientras corría a alcanzarla con tres manojos de rábanos que parecían pelotas de tennis.

sábado, 20 de marzo de 2010

SECRETO DE CONFESION

Luego de varias semanas sin post alguno, retomo mi blog con un tema que requiere total discusión y absoluta apertura: las constantes (y nuevamente retomadas) denuncias de abuso sexual a menores por parte de sacerdotes católicos. No puede no discutirse, pero tampoco puede ser discutido sin elementos objetivos suficientes. Transcribo dos columnas sobre el problema: la primera, de Gustavo Berganza, publicada el martes 16 de marzo en elPeriódico; la segunda, de Carolina Escobar Sarti, el jueves 18 en Prensa Libre. Con respecto a la primera, me parece importante remitirse también a los comentarios de los lectores, mediante el link adjunto, no tanto por los aportes per se, como para analizar la postura general de nosotros, la gente común.

Homofobia, pedofilia y celibato por Gustavo Berganza - El clero no tiene el monopolio de los abusos contra menores.

Charles J. Scicluna, promotor de justicia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en una entrevista difundida para neutralizar un nuevo escándalo de pedofilia que toca al mismo papa Ratzinger, ha insistido en la interpretación que el Vaticano impulsa respecto de este delito contra la infancia.
En efecto, Scicluna retoma la definición acuñada en septiembre pasado, por Silvano Tomasi, el observador permanente del Vaticano ante la ONU. Tomasi, al responder a una denuncia presentada ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU (CDHONU) habló de diferenciar entre pedofilia y efebofilia. Esta última la precisó como “una atracción homosexual hacia adolescentes varones”, e indicó que “de todos los sacerdotes implicados en los abusos, entre 80 y 90 por ciento pertenecen a esta orientación y se involucran sexualmente con muchachos adolescentes de edades comprendidas entre 11 y 17 años”. Esta definición tiene al menos 2 implicaciones: la primera, que menos del 20 por ciento de los sacerdotes son, en sentido estricto, pedófilos; y la segunda, que el problema es la homosexualidad, la mayoría de sacerdotes hechores.


En la entrevista que hizo circular el Vaticano el pasado fin de semana, realizada por el diario Avvenire, de la Conferencia Episcopal Italiana, Scicluna dijo que de los 3 mil casos de abusos que investiga su oficina, “grosso modo, en el 60 por ciento de esos casos se trata más que nada de actos de ‘efebofilia’, o sea, debidos a la atracción sexual por adolescentes del mismo sexo; en otro 30 por ciento de relaciones heterosexuales y en el 10 por ciento de actos de pedofilia verdadera y propia, esto es, determinados por la atracción sexual hacia niños impúberes. Los casos de sacerdotes acusados de pedofilia verdadera y propia son, entonces, unos 300 en 9 años. Son siempre demasiados, es indudable, pero hay que reconocer que el fenómeno no está tan difundido como se pretende”.
De acuerdo. Y tal como dijo su colega Tomasi ante el CDHONU –es cierto que el clero católico no tiene el monopolio de la pedofilia– porque “el 85 por ciento de los que cometen abuso sexual de los niños son familiares, niñeras o niñeros, vecinos, amigos de la familia o parientes cercanos”.


Sin embargo, la diferencia quienes menciona Tomasi y un cura es que ninguno de aquellos pretende ser intermediario divino, o tienen voto de castidad, ni forma parte de una poderosa transnacional que los sustrae del alcance de la ley civil.
La homofobia de la iglesia católica les ha llevado a construir un vínculo automático entre homosexualidad y pedofilia: hay pedófilos porque hay homosexuales, es el dictum implícito en la declaración de Tomasi, reforzado ahora por Scicluna en su defensa de Ratzinger.
Al clero católico le iría mejor si, como sugirió la semana pasada el Arzobispo de Viena, el Vaticano cambiara sus ideas sobre la vida sexual. En ese sentido, aparte de reconocer el fracaso del voto de castidad y lo absurdo del celibato, también le convendría erradicar su homofobia.
(Link a la nota en la versión electrónica de elPeriódico, con comentarios de los lectores:
http://www.elperiodico.com.gt/es/20100316/opinion/142241/)


Secreto de confesión por Carolina Escobar Sarti

“Serás mi chico especial”, le dice el cura pederasta al niño de 5 años. A partir de ese momento, la vida del niño cambiará para siempre. Si se atreve a hablar, como ha sucedido en algunos casos, será marginado en su comunidad por atreverse a deteriorar la imagen del enviado de Dios y será llamado en su escuela “la niñita del cura”. Si no habla, como ha sucedido en otros casos, pasarán décadas de una rabia contenida que se irá acumulando y que afectará definitivamente toda su vida. En cualquier caso, la autoridad eclesial le pedirá siempre registrar el abuso como un secreto de confesión y centrar su vida en el perdón.

Sin duda, la fe es lo más digno que le va quedando a los seres humanos. El problema es que unos han convertido a las iglesias en plazas de mercaderes y, otros, en cárceles de cuerpos y almas. En casos de pederastia, tenemos que remitirnos a un documento que se mantuvo, por mucho tiempo, en secreto en el Vaticano: el Crimen Sollicitationis. Este es un obsceno texto de 39 páginas producido en 1962, que establece los procedimientos a seguir cuando un sacerdote católico es acusado de aprovechar la confesión para penitencias con propósitos sexuales, y cuáles son las formas de encubrir estas violaciones. Es un manual perfecto de encubrimiento y complicidad en el caso de violaciones a menores (versión en latín http://www.cbsnews.com/htdocs/pdf/crimenlatinfull.pdf y link de Wikipeia: http://es.wikipedia.org/wiki/Crimen_sollicitationis).

El papa actual, Joseph Ratzinger, fue por varias décadas un fiel guardián de tal documento y fue quien, en el 2001, se asegura que el mismo sea revisado para que, al final, el Vaticano tenga la “competencia exclusiva” de conocer y decidir sobre los casos de sacerdotes pederastas. Tom Doyle, experto en Derecho Canónico, quien fuera uno de los predilectos en Roma alguna vez, fue marginado por señalar en voz alta los abusos contra menores. En un video producido por la BBC (http://www.youtube.com/watch?v=vBRpxLR_BCU&NR=1), Doyle habla de este documento como una política escrita dictada desde el Vaticano para controlar todo el proceso, por lo cual él asegura que ni la política ni el tratamiento sistemático a este tipo de casos han cambiado.

Al estilo de cualquier ejército que impone que sus soldados sean juzgados únicamente en cortes militares, esta otra mafia privilegia la protección de sacerdotes pederastas a la de miles de menores en todo el mundo. Los sacerdotes son rotados a congregaciones más pobres donde difícilmente serán denunciados, algunos viven como fugitivos al amparo de la Iglesia en los alrededores del Vaticano, o son enviados a las áreas especiales de retiro en distintos países. Esto habla de una vergonzosa impunidad cubierta por el manto de lo sagrado, que es sinónimo de lo intocable.

Según el secretario general de la Conferencia Episcopal de México, Leopoldo González, la pederastia no es un delito, sino un “error” que hace ver a los curas “más humanos”, frente a una feligresía que por ello, “los aprecia más”, (http://rmenjivar.blogspot.com/2009/04/errores-curas-pederastas-y-leyes.html ). Obispos de todas partes del mundo han protegido a curas pederastas, incluso por la vía de las amenazas a las víctimas y sus familias. Y un fiscal de Distrito en Phoenix dice que nunca, en toda su carrera, le habían obstaculizado tanto las investigaciones como lo hizo la Iglesia en casos de curas señalados de pederastia. ¿Y es esta santa mafia la que impone a la juventud la castidad y a las mujeres el uso de su cuerpo solo para la reproducción? No cabe duda que el cuerpo es el territorio donde los más sofisticados sistemas de control y culpa se encarnan.